Cuando todo se destruye, cuando quizás no sabes hacia donde ir, escribir puede ser una de las soluciones o por lo menos a mi puede funcionarme. ¿Qué tanto debemos destruirnos para volver a eso que tanto nos gusta o nos causa bien? Bueno quizás la vida me mostro lo que me mostro para que volviera a eso que le decimos nuestras raíces.
Mi nombre es Ivonne… Hace unos meses quebró mi primer negocio, una pequeña cervecería en la ciudad de Bogotá llamada Ivonne La Crespa, un negocio que inclusive fue famosa en el 2024, sin embargo, después de varios errores, muchas falencias del mercado y una mala ubicación tuve que decirle adiós. Y aunque puede sonar un poco trágico, no, no es escritura, después de aquel adiós como piezas de domino de un juego que yo no ganaba cada una de las piezas de mi vida empezó a caer, con cada una lágrimas, derrotas, decepciones y caminos o sueños.
Sin embargo, un siete de diciembre termino de caer la ficha más importante una que nunca tuve contemplada en mi camino… La salud… en medio de una falta de respiración, una hinchazón notable y con el corazón roto por mi negocio me diagnosticaron lupus con un posible daño renal si no hacíamos algo de inmediato. Dure casi un mes hospitalizada, contabilice las inyecciones, cincuenta y seis en total en brazos, veinte en mi estómago, dos catéteres, uno cerca de mi cuello, otro cerca de mi pecho, una línea directa a mi corazón, un 24 de diciembre conociendo una sala de quimioterapia, 11 radiografías para mirar mis riñones, corazón y pulmones y miles de intentos de medicamentos para funcionar… Un 31 de diciembre llorando sola en una habitación jurándome que iba a vivir una vida diferente o incluso perdonándome por no haber gritado cuando era justo y necesario. Muchos me dijeron que el lupus me iba a permitir vivir normal sin embargo en aquel dolor de la soledad y físico sientes que la muerte siempre estará persiguiéndote de alguna manera y existe mucha culpa todo lo investigado dice que tu estrés y sistemas de vivir tu vida te llevo a eso. En medio del diagnostico empiezas a conocer palabras lejanas a ti… enfermedad crónica, degenerativa, quimioterapia, caída del cabello, vómitos, diálisis. Resistí a cada procedimiento unos con una sonrisa, otros con lágrimas; sentí con aquel diagnostico que una parte de mi se había ido con él.
Un cuatro de enero fui dada de alta, el dolor persistió en casa, pero esta vez había cambiado, ya no era un dolor físico, te acostumbras a ello, los vómitos o pinchazos se vuelven parte de ti. Empiezas a sentir dolor por todo aquello que entregas para poder resistir el proceso, tu apariencia, tus sueños, tu estabilidad emocional, tu resistencia, tus actividades y tu día a día, ser parte de los procedimientos hace que borres de ti aquello que eres o eso que esperas seguir. Las redes te inundan de información en muchos casos negativa sobre aquel procedimiento y solo te queda confiar en que podrás salir de aquello, por un momento en compañía en otros en soledad porque no sabes trasmitir tu desconexión, tu dolor, tu miedo a sentir que desde aquel diagnostico hiciste un pacto con la muerte, uno que quizás te aleje de muchas posibilidades de vivir tu vida desmedidamente.
Subí videos riendo, yendo a los procedimientos, buscando un lado positivo, derrotada e inclusive desesperada porque sentía que le debía al mundo muchas cosas a raíz de mi diagnóstico. Había vivido era algo que debía agradecer, pero… si supongo que un diagnostico se lleva consigo cosas que al instante son difíciles de recuperar.
Han pasado tres meses fuera de aquellas paredes que olían a suero, alcohol y tenían miles de pitidos. Cada día de aquellos meses han sido un aprendizaje, pero no supe hablarme, entenderme o inclusive abrazarme. Quería ser una imagen de dureza, positivismo o inclusive de guerrera en medio de un corazón apapachado y una soñadora que trataba de nuevo soñar. La realidad es que la tristeza me invadía, el dolor me acumulaba y aquellos días donde quería rendirme eran más. El diagnostico se llevo consigo miles de mis características, lo odié por mucho tiempo, quise gritar hasta quedarme sin voz, quise mostrar mi dolor a todos aquellos que me dijeron que no era para tanto, quise acostarme cada que mi corazón se fatigaba por caminar, quise decirles a todos que ya no tenía por qué luchar. Simplemente quise de dejar de ser luz, ocultarme, llorar a escondidas y evitar mirarme al espejo fueron aquellos actos que hice estos días detrás de mi dureza.
Hace cinco días decidí rendirme, pero no en el procedimiento, decidí decirle no ha aquella mujer que no se había escuchado o abrazado, entendí que no existe una fecha en el calendario para regresar tu vida a una vida “normal”, no existen los pasos que te lleven a aceptar de alguna manera toda la información que estas recibiendo, no existe una receta mágica para analizar, mejorar o inclusive para convivir con él, no existe tampoco miles de palabras que te ayuden a decir lo que sentiste, el miedo que tienes o inclusive lo que puede llegar a causarte como desaparecer en si mismo. Y tampoco existirán tantos videos en redes sociales que te digan lo positivo de todo esto o los miles de maneras de amarte o tener amor propio cuando un químico hace estragos físicos, emocionales y hormonales en tu cuerpo, tampoco debe existir una respuesta divina a que seas parte de una población que recibió un diagnóstico y tampoco debes exigirte para entender que debes hacer con la enfermedad, puedes ser un burú, odiarlo o inclusive nunca hablar de ello.
Estos días me ha costado soñar, buscar un camino e incluso grabar un video o tomarme una foto. Tengo miedo, rabia y malestar, pero por primera vez después de tantos meses me reconozco, me abrazo y entiendo, no debo ser dura conmigo, callarme o aparentar en medio de este proceso, se que estaré bien pero no me colaré una fecha en el calendario o una personalidad a cuál deberle. Suelto, confió y me permito ser.